En México le ponemos pan a la muerte. Le hacemos altar, le escribimos calaveritas en verso, le servimos su mole y les regalamos a los niños cráneos de azúcar con su nombre en la frente. Hace apenas unos días, el cempasúchil volvió a marcar el camino para que nuestros muertos encontraran la casa.
Y, sin embargo, pocas cosas nos dan tanto miedo.
Nos reímos de la Catrina, pero cuando la muerte se sienta de verdad a nuestra mesa – un diagnóstico, una llamada a las tres de la mañana, el ataúd de alguien que amamos – se nos acaban las bromas. Mejor ni hablar de eso. «Ay, no seas pesimista».
Seamos sinceros: el miedo es a morir, claro, pero también a algo peor. A que todo haya sido en vano. A que la vida resulte una historia sin desenlace, una suma de esfuerzos que se apaga como una veladora y ya. Si así fuera, ¿para qué perdonar? ¿Para qué desvelarse por los hijos? Si la muerte es el punto final, la vida entera se queda colgando.
Dos amigos salen del cine.
– ¿Qué tal?
– Dos horas de mi vida que no voy a recuperar.
– ¿Tan mala?
– ¡Para nada! Iba buenísima… hasta el final. El final la echó a perder toda.
¿Te ha pasado? Le pasó a medio mundo con Game of Thrones. Ocho temporadas de intriga y, en mayo de 2019, más de un millón de personas firmaron una petición para que volvieran a hacer la última. Un mal final arruina hasta lo que ya habías disfrutado.
Y al revés, también. Piensa en Coco. Toda la película corre hacia una sola escena: Miguel frente a su bisabuela, cantándole para que no olvide. Y cuando llega, ¡todo cobra sentido! La guitarra, la foto rota, el taller de zapatos, la abuela que no soportaba la música. Sales con los ojos rojos y con ganas de volverla a ver.
El final es el que le da sentido a toda la historia.
Pues bien, aquí está la buena noticia: tu película ya tiene final, y es espectacular. Cristo resucitó. Un domingo de madrugada el sepulcro quedó vacío, y desde entonces la muerte ya no tiene la última palabra. La muerte, Él ya la venció.
Jesús se lo dijo a Marta frente a la tumba de su hermano, con el olor a muerte todavía en el aire: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» (Jn 11,25-26).
¿Lo crees tú?
San Pablo sí. Preso en Roma y a punto de morir, no escribe una despedida triste. Escribe como un atleta que ya ve la meta: «He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación» (2 Tim 4,7-8).
¡Ahí está! La muerte no es la tumba del corredor. ¡Es el podio! El lugar donde Él mismo, en persona, te pone la corona en la cabeza.
Aclaro que no sé con detalle cómo será el cielo. Nadie ha regresado a enseñarnos el tráiler. Sólo sé quién dirige la película. Y con eso me basta.
Quien conoce el final vive distinto. Ya no le teme tanto al dolor del segundo acto, porque sabe que ésa no es la última escena. Puede perder sin desesperarse. Puede despedirse de los suyos llorando, sí, pero con esperanza. Por eso, cuando ponemos la foto de la abuela en el altar, en el fondo le estamos diciendo «hasta luego».
Aprendamos a mirar la muerte así: de frente, con la paz de quien sabe que Cristo vive. Y vivamos cada día como una escena que el final, tarde o temprano, va a explicar.


