Un estudio de la Universidad de California en San Diego calculó que el consumidor estadounidense promedio recibía 34 gigabytes de información al día. ¡Treinta y cuatro! Y eso fue en 2008, antes de TikTok. Con razón terminamos con la cabeza llena tan rápido.
Hoy, en lo que te tomas un café, ya sabes cómo amaneció el mundo: quién ganó, quién renunció, quién dijo la barbaridad de la mañana, cuál es el video que todos están viendo, qué libro deberías estar leyendo… y no estás leyendo.
Nunca habíamos sabido tanto. Pero nunca habíamos entendido tan poco.
Ya en 1934, T.S. Eliot se preguntaba dónde había quedado la sabiduría que perdimos en el conocimiento, y el conocimiento que perdimos en la información. Casi cien años después, la pregunta pica más.
Lo que no vas a encontrar en ningún buscador
El conocimiento te dice qué son las cosas. La sabiduría te dice por qué son.
Y ese porqué es el que acomoda toda la pila de datos que ya cargas.
Seamos sinceros: la información se consigue en tres segundos. El porqué puede tomar la vida entera. Por eso lo vamos posponiendo.
A mí me pasa que hay días en que termino con la cabeza llena – noticias, mensajes, un podcast a 1.5x, más noticias – y con la rara sensación de no haber pensado nada. Al tanto de todo. Consciente de nada.
Cuentan que un viajero pasó junto a dos obreros que hacían exactamente lo mismo bajo el mismo sol.
– ¿Qué haces? – le preguntó al primero.
– Pico piedra. ¿No ves?
Se acercó al segundo y le hizo la misma pregunta.
– Estoy levantando una catedral.
Mismo martillo, misma piedra, mismo cansancio. Sólo uno sabía por qué.
Pocos principios, todo en su lugar
La sabiduría no se mide en cantidad. Son pocos principios, casi siempre los mismos, pero asimilados hasta el tuétano.
Y cuando por fin los haces tuyos, la realidad no cambia: cambia el lugar desde donde la miras. Todo encuentra su lugar.
Cuando Dios le ofreció a Salomón lo que quisiera, pudo haber pedido oro o años de vida. Pidió otra cosa: «un corazón dócil» para saber gobernar (1 Re 3,9).
Un corazón que entiende. Eso pidió. Y a Dios le pareció tan buena la petición, que le dio también lo que ni siquiera había pedido.
No te estoy diciendo que leas menos ni que apagues el celular una semana. Te estoy invitando a hacer que el porqué vuelva a mandar sobre el qué.
Esta semana, cuando estés a punto de hacer algo – el trabajo, la llamada, el mensaje, la compra –, hazte una sola pregunta: ¿por qué lo estoy haciendo? Y con eso que tanto quieres tener: ¿por qué lo quiero tanto?
No sueltes la pregunta hasta llegar al fondo. Al de verdad. Aunque duela. Aunque, incluso, espante.
Porque hasta ahí, hasta el porqué último, llega Aquél que puso el anhelo en tu corazón. Y ahí, desde hace rato, te está esperando.
¿Vas?


