En Asís, dentro del Santuario de la Expoliación, descansa un muchacho de 15 años con jeans y tenis. Se llama Carlo Acutis. El 7 de septiembre de 2025, en la Plaza de San Pedro, el papa León XIV lo declaró santo.
¿Santo? ¿Con tenis?
Sí. Y ahí se nos cae la estampita del típico santo de iglesia: un señor muy serio, con los ojos en blanco y la aureola bien puesta. Cara de no haberse reído nunca. Alguien de otra casta, hecho de otro barro. Y que vive en “el cielo”, con un coro que repite el mismo canto por los siglos de los siglos.
Un niño le preguntó a su abuela:
– Abuela, ¿qué vamos a hacer en el cielo?
– Cantarle a Dios, mijo.
– ¿Todo el día?
– Toda la eternidad.
El niño se quedó pensando un rato.
– Entonces mejor me porto tantito mal.
Nos da risa. Pero esa caricatura ha alejado de la santidad a mucha gente.
Ahora imagina lo contrario. Imagina que ser santo fuera vivir ya aquí en plenitud. Llevar tus talentos hasta donde nunca te atreviste. La mamá que saca adelante a sus hijos con una paciencia que ni ella sabía que tenía, el ingeniero que hace bien su trabajo aunque nadie lo revise, la abuela que reza por todos y sigue sonriendo, el muchacho que apaga el celular para escuchar a su papá. Eso es santidad. Y eso mismo es felicidad.
Dice el papa Francisco: «No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser» (Gaudete et exsultate, 32).
Lo que el Padre pensó cuando te creó… ¿Te das cuenta? Carlo lo decía a su manera: «Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias». Ser santo es morir original.
Y esa invitación no se la trajo Cristo a unos cuantos elegidos. Te la trajo a ti. Por eso vino Él. Por eso se dejó clavar en una cruz: para abrirte la puerta de una felicidad que empieza aquí y no se acaba nunca. La santidad es comenzar ya a ser feliz, para seguir siéndolo por toda la eternidad.
Ahora bien, no te voy a vender un cuento de hadas. El camino tiene espinas. La santidad se paga con renuncias de todos los días y con virtudes que se forjan a base de caerse y levantarse. Pararse temprano. Morderse la lengua. Soltar el rencor. Decir que no a lo que te gusta para decirle que sí a lo que amas.
San Pablo lo sabía bien. Escribía a los cristianos de Corinto: «¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible» (1 Co 9,24-25).
Piensa en un maratonista en el kilómetro 35. Le arden las piernas y el cuerpo le grita que pare. ¿Y por qué no para? Porque ve la meta. El dolor no se le quita, ¡pero tiene sentido!
Eso, el santo lo entiende antes que nadie: el sacrificio vale por lo que viene detrás. Mira más allá de la renuncia y descubre el fruto: un corazón libre y una alegría que no depende ni del clima ni de la quincena. ¡Y esa corona no se marchita! ¡No se seca! ¡No te la quita nadie!
Te confieso algo: yo todavía no llego. Hay días en que corro bien y días en que me siento a la orilla de la pista a recuperar el aire. Pero sé hacia dónde corro. Y sé que vale la pena… porque vale la vida.
No dejemos que nos sigan vendiendo la estampita. Tú no naciste para fotocopia. Naciste para santo(a), es decir, para ser feliz.



Reflexión muy motivante; ser santo es posible y es gratificante!!