No tengas miedo de ser enviado
El Arte de Vivir, 24 de mayo
Hoy platiqué con un joven que venía saliendo de misa y me dijo con voz entusiasta: «Padre, tenemos que llevar a Jesús a más corazones. Siento que Dios me está llamando a hacerlo, pero tengo miedo de que sea mi imaginación».
Me quedé pensando en esa frase: «miedo de que sea mi imaginación».
¿Cuántas veces has sentido algo parecido? Un impulso interior que te empuja a hablar, a dar un paso, a decir el nombre de Jesús en voz alta... y en el último segundo te frenas. No sea que sea solo tuyo.
El viento que no pides
El día de Pentecostés, los apóstoles no estaban afuera predicando. Estaban encerrados. Con las puertas bien cerradas. Con miedo. Pero esperando.
Y entonces llegó el Espíritu.
No como una brisa amable que se filtra por la ventana. Llegó «como un viento fuerte que llenó toda la casa» (Hch 2,2). Nadie lo pidió. Nadie lo organizó. Nadie lo ensayó.
El Espíritu no espera a que estés listo. Llega cuando Jesús lo envía.
Y Dios lo envía, con total certeza. Eso no es un adorno teológico: «El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo» (Jn 14,26). En tu nombre. Para ti.
Lo que el Espíritu hace en ti
El Espíritu no viene a hacerte sentir bien un rato. Viene a transformarte en testigo.
Pedro –el mismo que negó tres veces a Jesús por temor– salió ese día de Pentecostés y predicó ante miles. No porque de repente se volvió valiente. Sino porque algo más grande que él habló desde adentro.
Eso es lo que el Espíritu hace: no te reemplaza, te habita. No borra tu personalidad, la eleva. No te quita el miedo de golpe, te da algo más poderoso que ese sentimiento.
Dejarte penetrar
Hay una diferencia enorme entre saber que el Espíritu existe y dejar que entre.
Es como la diferencia entre tener una persiana cerrada frente al sol y abrirla. El sol ya estaba ahí. Solo faltaba que tú abrieras.
Abrirse al Espíritu no es una técnica. Es una actitud del corazón: «Aquí estoy, Señor. Háblame». Sin condiciones, sin currículum, sin esperar a estar más preparado.
San Pablo lo dice por propia experiencia: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26).
Así que el miedo que sientes no es un obstáculo. Es exactamente el punto de entrada.
¿Y si hoy, en lugar de preguntarte si estás listo, simplemente le dices que sí?


