Alguien que quieres te está contando algo importante. Tú asientes con la cabeza en el momento justo, incluso dices «ajá». Y de pronto te das cuenta de que llevas veinte segundos sin escuchar una sola palabra.
Ahí estaba tu cuerpo. Tú no.
O el teléfono está boca abajo sobre la mesa – ya aprendimos ese truco –, pero vibra cada tres minutos. Y aunque no lo voltees, tu cabeza ya se fue: quién será, qué querrá, cuánto tardo en contestar.
Estás sentado(a) en esa mesa. Y estás en otra parte.
De cuerpo presente
En los velorios usamos una expresión terrible: decimos que el difunto está «de cuerpo presente».
Pues bien, da miedo pensar en cuántas comidas familiares estamos así. De cuerpo presente.
Y no pasa sólo en la mesa. Pasa cuando estás con tus amigos esperando que acabe la reunión porque tienes que llegar a la siguiente. Pasa cuando terminas un proyecto a las carreras porque ya quieres empezar el que sigue. Pasa cuando bañas a tu hijo mientras redactas mentalmente un correo.
Corres tanto que dejas de habitar tu propia vida.
Y esto no es distracción; la distracción dura un momento y se corrige. Esto es una manera de vivir en la que nunca terminas de llegar a ningún lado, porque siempre estás en el siguiente lugar antes de haber estado en éste.
«¿Me puedes ver mientras te cuento?»
– Mamá, ¿te puedo contar algo?
– Sí, mi amor, te estoy escuchando.
– Ya sé. Pero quiero que me veas.
Esa niña puso el dedo justo en la llaga. Quería algo más que escuchar el consabido «ajá». Quería tener a su mamá ahí, completa.
Porque podemos fingir que escuchamos. La mirada, en cambio, nos delata.
Dios tampoco está en el ruido
Hay una escena preciosa en la vida de Elías. El profeta va huyendo, agotado, y Dios le promete pasar frente a él. Entonces viene un huracán que parte las rocas, y el Señor no estaba ahí. Viene un terremoto, y tampoco. Viene un fuego, y tampoco.
Y después del fuego, dice la Escritura, «el susurro de una brisa suave» (1 R 19,12). Ahí sí. Ahí estaba Él.
Dios no compite con el ruido. No va a gritarte por encima de tus notificaciones para que le hagas caso.
Con quienes amas pasa algo parecido. Lo importante casi nunca llega en el momento espectacular. Llega en voz baja, en una sobremesa que se alargó, en el camino de regreso del colegio, en un comentario suelto a media tarde. Si vas corriendo, no lo oyes.
Eso, la prisa te lo cobra sin avisar.
Y si crees que tú sí tienes prisas de verdad, mira esta escena.
Jesús va camino a casa de Jairo. Una niña se está muriendo, el papá desesperado, la multitud aplastándolo. ¡No había urgencia mayor! Y en medio de ese apretujadero se detiene y pregunta quién lo ha tocado. Los discípulos casi le contestan de mala gana: «Ves que la gente te aprieta por todos lados, ¿y preguntas quién te ha tocado?» (cfr. Mc 5,31).
Pero Él se detuvo. Y aquella mujer enferma, que llevaba doce años siendo invisible para todo el mundo, por fin tuvo un rostro que la mirara. ¡Doce años invisible para todos! Pero no para Él.
Todo parecía urgente. Y aun así, Jesús se detuvo.
Empieza por una comida
No hace falta que reorganices tu vida entera esta semana. Empieza por algo chiquito y concreto: una comida.
Deja el teléfono en otro cuarto. No boca abajo: en otro cuarto. Y quédate ahí, aunque al principio te dé comezón saber si alguien escribió.
Después prueba lo mismo cuando alguien te hable: levanta la vista de la pantalla y mírale a los ojos, aunque sean treinta segundos. Si puedes, deja también un poco de aire entre un compromiso y el siguiente. Lo suficiente para llegar tú, no sólo tu cuerpo.
Aprendamos a estar. Es más difícil que hacer, y vale infinitamente más.
Porque tus hijos, tus amigos y tu gente no van a recordar cuántas cosas resolviste en un día. Van a recordar si, cuando te hablaron, tú estabas ahí.
Hoy, en la próxima conversación que tengas, levanta la vista.


