Sesenta y cinco conflictos armados activos. Eso contabilizó el Instituto de Investigación para la Paz de Oslo (PRIO) en 2025: el número más alto desde 1946.
Ocho de ellos internacionales, el doble que el año anterior. Y más de 255.000 muertos. El mundo, por lo visto, no se está calmando.
Y nosotros, desde el sillón, con el celular en la mano, sabiendo perfectamente quién tiene la culpa.
Y es que juzgar desde fuera no cuesta nada. Lamentarse, tampoco. Y uno queda como persona sensible, preocupada por el mundo, sin haber movido un dedo.
La guerra que sí te toca
Queremos paz y recibimos guerra. Pero hay una guerra que ningún tratado va a firmar por ti.
La de tu casa. La de tu oficina. La del semáforo, a las siete y media de la mañana.
La paz no se decreta en una mesa de Ginebra. Se construye en cómo miras, en cómo manejas, en cómo saludas, en cómo le hablas al mesero que se tardó, a tu hijo que te contestó feo, a tu papá que ya te preguntó tres veces lo mismo.
La paz se construye en ese pedacito de mundo que sí es tuyo.
A la madre Teresa de Calcuta se le atribuye una respuesta tan corta como exigente:
– ¿Qué podemos hacer para promover la paz en el mundo?
– Vaya a su casa y ame a su familia.
No le pidió nada al mundo. Se lo pidió un poco a cada quien.
Un corazón contagia
Decía san Serafín de Sarov que quien adquiere un espíritu de paz salva a miles a su alrededor. Podría parecer exagerado, pero piénsalo al revés. ¿Cuánto tarda una persona de malas en descomponerle el día a una casa entera? Diez minutos. Incluso menos.
Pues bien, hacia el otro lado funciona igual. Un corazón inquieto contagia inquietud. Un corazón en paz contagia paz. Y contagia más rápido de lo que crees.
No hablo de esa calma de comercial – la del respirar hondo y pensar bonito –, sino de la paz que Jesús prometió la noche anterior a su muerte: «La paz les dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27). Y aclaró enseguida que Él no la da como la da el mundo.
Ésa aguanta la tormenta. La otra se cae al primer comentario ácido en la comida del domingo.
Que empiece por ti
No sé cómo van a terminar esos sesenta y cinco conflictos. Pero sí sé que hoy vas a tener entre diez y veinte oportunidades de elegir tu actitud. Y que en cada una de ellas serás fuente de paz o fuente de ruido.
A veces será una palabra que te tragas a tiempo. Una mirada que no juzga. Un perdón que se adelanta.
¡Y si un solo corazón alcanza a contagiar a los que tiene cerca, imagínate lo que harían mil corazones así! ¡Imagínate el tuyo, empezando hoy!
Sólo hace falta que alguien empiece. Que la paz empiece por ti. Hoy.


