La Navidad que nadie espera
Y el mejor regalo que puedes dar
Hace unos días, una joven pareja me confesó algo que me dejó pensando. Con ojos cansados y estresados, me dijeron: “Padre, estamos agotados. Las posadas, los regalos, la cena perfecta... sentimos que la Navidad se nos está escapando entre las manos”.
Les pregunté: “¿Y qué es lo que más extrañan?”
Se miraron y respondieron casi al mismo tiempo: “Tiempo. Solo... estar juntos.”
¿No te pasa algo parecido? Corremos tanto preparando la Navidad perfecta que olvidamos vivir la Navidad real. Esa que no necesita luces costosas ni mesas rebosantes. Esa que cabe en un pesebre.
Piensa en la primera Navidad. No hubo decoraciones. No hubo menú de cinco tiempos. No hubo lista de invitados VIP.
Hubo presencia.
María no le dio a Jesús juguetes importados ni ropa de diseñador. Le dio su vientre como primer hogar.
José no le ofreció un palacio. Le ofreció su nombre, su protección, su “aquí estoy”.
Y el Niño Dios, el Creador del universo, no exigió nada más. Solo quiso estar con ellos.
Eso es todo. Y eso es todo lo que necesitamos también nosotros.
El sentido del amor
Hay algo profundamente liberador en entender que amar no es hacer, es ser. María no amó a Jesús porque cocinara bien o porque organizara las mejores celebraciones. Lo amó porque estaba ahí, presente, atenta, contemplándolo.
La Navidad no nos pide hacer más. Nos invita a ser más.
¿Cuántas veces has estado físicamente presente pero mentalmente ausente? ¿Cuántas cenas pasas pensando en el trabajo de mañana? ¿Cuántos abrazos das sin realmente abrazar?
Jesús vino a enseñarnos algo radical: tu presencia es tu regalo más valioso.
San Juan lo escribe así: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). No dice “el Verbo vino a arreglar todo rápidamente”. Dice que habitó. Que se quedó. Que plantó su tienda en medio de nuestra humanidad.
Eso es Navidad. Dios eligiendo estar contigo, tal como eres, donde estás.
Y si Dios puede hacer eso, ¿no podemos nosotros hacer lo mismo con las personas que amamos?
Este año, en medio del ajetreo y las tradiciones hermosas, te invito a algo más profundo.
Regala tu presencia. No tu agenda perfecta. Tu presencia.
Mira a los ojos a esa persona que amas. Escucha de verdad lo que te dice. Siéntate en el suelo con tus hijos sin revisar el celular. Abraza a tu pareja sin prisas. Quédate en silencio con Jesús en el pesebre, sin pedirle nada, solo contemplándolo.
Porque la Navidad no es una fiesta para impresionar. Es un misterio para vivir y encarnar.
María no corrió a hacer mil cosas cuando nació Jesús. La Escritura dice que «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Guardaba. Contemplaba. Estaba presente.
La Navidad inesperada
La Navidad que nadie espera es esta: la Navidad sin máscaras, sin agendas imposibles, sin la necesidad de demostrar nada.
Es la Navidad donde simplemente estás. Donde amas con todo lo que eres, no con todo lo que haces. Donde te permites ser frágil, necesitado, incompleto... y aún así, amado. Profundamente amado.
Porque así vino Jesús. Frágil. Necesitado. Incompleto en apariencia.
Pero absolutamente presente.
¿Qué pasaría si esta Navidad te regalas a ti mismo el permiso de simplemente ser? No el mejor anfitrión. No el organizador perfecto. Solo tú. Presente. Aquí. Ahora.
Esa es la Navidad que el mundo necesita. La que tu familia necesita. La que tú necesitas.
¿Te atreves a vivirla?


