La cuesta que sube al cielo
Cuando enero se vuelve muy empinado...
Enero 5. Los propósitos ya pesan.
El gimnasio que visitaste con tanta emoción el día 2, hoy te parece una tortura. La dieta que prometiste seguir “sin falta”, ya tiene tres excepciones. El tiempo de oración que ibas a regalarle a Dios cada mañana, se topó con la almohada, con el frío, con el “solo cinco minutos más”.
¿Te suena familiar?
A todos nos pasa. Y aquí está el problema: tu sentir ya te está diciendo que abandones. Que no vale la pena. Que eres un fracaso. Que no sabes ponerte propósitos realistas.
Pero espera. Respira. Porque lo que sientes no es la verdad completa.
Déjame contarte algo que aprendí hace años acompañando a parejas en crisis. Llega un momento en todo matrimonio donde los sentimientos se apagan. Donde el “te amo” ya no viene con fuegos artificiales sino con cansancio. Y en ese momento, muchos creen que se acabó el amor.
Pero no se acabó. Solo cambió de forma.
El amor verdadero no es ese fogonazo inicial que te hace sentir mariposas. Eso es atracción, enamoramiento, química. Hermoso, sí. Necesario, también. Pero no suficiente. El amor verdadero es la decisión de quedarte cuando ya no sientes ganas. De servir cuando no te apetece. De elegir al otro cuando tu corazón te pide huir.
Lo mismo pasa con tus propósitos de año nuevo.
Mira, tu corazón es un guía maravilloso pero un pésimo dictador. Siente, intuye, anhela, pero también se asusta, se cansa, se distrae. Si dejas que gobierne solo, te llevará siempre por el camino más fácil, no por el mejor.
Por eso necesitas algo más que sentimientos. Necesitas claridad de destino.
¿Por qué querías ir al gimnasio? No era solo por verte bien en el espejo. Era porque tu cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Cor 6,19) y cuidarlo es un acto de amor a Dios y a los que te necesitan.
¿Por qué querías rezar más? No era solo por sentirte en paz. Era porque sin oración tu vida se vuelve ruido, y en el ruido no escuchas la voz que te dice quién eres y hacia dónde vas.
¿Por qué querías cambiar ese hábito, perdonar a esa persona, ser más paciente? Porque cada pequeña elección está forjando tu eternidad.
Tu corazón quiere, eso está claro. Pero querer no es suficiente. Hace falta levantarte cuando el querer se apagó.
Y aquí entra la fe.
La fe no es un sentimiento. Es una decisión. Es creer que Dios está obrando en ti aunque no lo sientas. Es confiar que cada pequeño esfuerzo, aunque parezca inútil, está construyendo algo eterno. «El que comenzó en ustedes la buena obra, la llevará a término» (Flp 1,6).
¿Lo ves? No dependes solo de ti. No estás solo escalando esta cuesta.
Entonces, ¿qué haces cuando tu corazón te dice “ya no puedo”?
Primero, escúchalo. No lo ignores. Tal vez te está diciendo algo importante: que te exigiste demasiado, que necesitas ajustar el ritmo, que te falta descanso o ayuda.
Pero después, pregúntale a tu razón iluminada por la fe: ¿hacia dónde voy? ¿Qué estoy construyendo?
Porque si tu propósito solo busca hacerte sentir bien, cualquier incomodidad lo va a derribar. Pero si tu propósito está anclado en algo más grande que tú, en el hombre o la mujer que Dios te está llamando a ser, entonces tendrás raíces para resistir.
No se trata de ser duro contigo. Se trata de ser firme. Hay una diferencia enorme. La dureza machaca. La firmeza sostiene.
Te dejo con esto: la cuesta de enero existe. Es real. Pero no es tu enemiga. Es tu entrenamiento. Cada día que eliges levantarte aunque no quieras, cada vez que dices “sí” cuando tu cuerpo dice “no”, estás fortaleciendo algo más profundo que tus músculos o tu fuerza de voluntad.
Estás forjando carácter. Estás construyendo libertad. Estás dejando que Cristo moldee en ti al santo que ya eres en su mirada.
¿Seguirás subiendo?


