Hijos con raíces y alas
Y la pregunta que todos los padres se hacen
Un padre primerizo pregunta lo que todos callamos.
Esa duda que pocos se atreven a mencionar, porque revela el terror que se esconde detrás de cada “¡felicidades!”: ¿Y si no sé hacerlo?
Nicolás tenía 29 años cuando el miedo lo alcanzó. No el miedo al parto, ni a las noches sin dormir. El miedo verdadero: no estar a la altura de lo que su hijo merecía.
Fue a buscar a su abuelo, como cuando era niño y el mundo se le hacía grande. Se sentaron en el porche con limonada entre las manos.
- Me da miedo hacerlo mal, abuelo. No quiero herir a mi hijo.
El anciano lo miró con esa ternura que desarma:
- No se cría con miedo, hijo. Se les cría con raíces y alas. Raíces para que sepa de dónde viene. Alas para que no tenga miedo de volar.
¿Te suena familiar esa tensión? Querer proteger tanto que terminas asfixiando. O dar tanta libertad que el niño se siente a la deriva.
Es una tensión eterna, y nadie tiene todas las respuestas. Pero la paternidad no exige perfección, sino presencia.
Las raíces sin alas crean dependencia. Las alas sin raíces crean vacío. Pero cuando se combinan, algo milagroso sucede: un ser humano que sabe quién es y a dónde puede llegar.
«Enséñale al niño el camino que debe seguir, y aun cuando sea viejo no se apartará de él» (Prov 22,6).
Lo esencial no es tener todo solucionado, sino tener un corazón dispuesto. Tu hijo no espera que seas perfecto. Espera que estés ahí.
A veces tendrás que decir “no”, porque los límites bien puestos son como barandillas que evitan caídas. Le enseñan al niño que la vida tiene un orden y que tú estás ahí para proteger, no para controlar.
Pero también lo dejarás equivocarse. Que elija, que explore, que caiga y se levante. Las alas no crecen sin aire.
Transmítele tu historia. Habla de tus raíces, de tus padres, de tus luchas. Que tampoco fueron perfectos. Pero reflejan de dónde viene. Contarle quién eres le da identidad. Las raíces no se imponen: se comparten con verdad y cariño.
Y cuando el miedo te paralice, no temas pedir ayuda. Habla con otros padres, busca consejo con un director espiritual, ve a terapia si hace falta. La humildad de aprender es un regalo para tus hijos.
«Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que lo temen» (Sal 103,13).
No estás solo en esto. Dios también es Padre, y te acompaña. Entrégale tus miedos, tus errores, tus esperanzas.
A criar se aprende criando. Con amor, con estructura, con ejemplo. Lo demás, Dios te lo irá enseñando.


