Hijos adolescentes, ¿puentes rotos?
Antes me contaba todo… ahora ni me mira a los ojos.
Lucía lo sintió como una puñalada lenta. Su hija adolescente ya no la buscaba.
No quería hablar. Se encerraba en su cuarto. Contestaba con monosílabos o con silencios que dolían más que cualquier grito.
Al principio lo atribuyó a “cosas de la edad”. Luego empezó a dolerle de verdad.
Y cuando quiso acercarse, se encontró con una muralla.
Una noche, respiró hondo y tocó la puerta:
- ¿Puedo pasar?
Valeria asintió sin palabras. Lucía se sentó en la orilla de la cama y bajó la voz:
- Hija, no sé qué hice para que te alejaras, pero me duele. Y quiero reparar lo que rompí, aunque no sepa por dónde empezar. Solo quiero que sepas que aquí estoy. Y que no me voy a ir, pase lo que pase.
No hubo abrazo inmediato. No hubo lágrimas. Pero fue el primer ladrillo de un nuevo puente.
¿Has tenido tú también esa sensación de que tu hijo se te escapa entre los dedos?
El vínculo con los hijos no siempre es constante. Hay etapas difíciles, momentos de distancia, heridas que enfrían el corazón. A veces, sin darnos cuenta, lastimamos. O simplemente no sabemos cómo acompañar.
Pero incluso cuando un hijo se aleja, el amor puede seguir llamando desde lejos, con paciencia y sin exigencias.
Conectar de nuevo no es forzar. Es estar presente, sin reproches. Es mostrar interés, abrir espacios, sostener con ternura incluso el silencio.
Porque todo corazón tiene puertas. Y el amor verdadero siempre encuentra la manera de tocarlas.
La paradoja de ser papás
Como padres, se enfrenta la paradoja más hermosa y dolorosa del amor: debemos amar lo suficiente para sostener, pero no tanto que asfixiemos.
Cada hijo lleva en su interior el eco de una llamada divina que va más allá de nuestros deseos de control. Reconocer esta verdad es el primer paso hacia la sanación.
«Pónganse en el lugar del otro, y sean comprensivos. Ámense como hermanos» (1 Pe 3,8).
Los cambios en la relación no siempre son culpa de alguien. Son señales de que algo necesita atención.
La distancia, muchas veces, es la forma en que el alma joven busca espacio para crecer. No reacciones con angustia: responde con amor.
Estar disponible no significa estar encima. A veces basta con sentarte cerca, ofrecer un café, simplemente no desaparecer. La presencia amorosa es como el aire: esencial, pero imperceptible cuando está en equilibrio.
Pregunta con el corazón, no con el juicio. Evita interrogatorios. Mejor di: “¿Cómo te sientes últimamente?” o “¿Hay algo que te preocupe?”.
Las preguntas nacidas del amor genuino abren puertas. Las nacidas del control las cierran.
Y sobre todo, ora por esa relación. Reza por tu hijo, por su corazón, por el tuyo.
Pide a Dios que vuelva a tender el puente. La oración no es magia, pero es milagro. En ella, entregamos nuestros deseos de control y abrazamos la confianza de que Dios ama a nuestros hijos más que nosotros mismos.
«Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el de los hijos hacia los padres» (Mal 3,24).


