Estoy espiritualmente seco
El Arte de Vivir, 05 de julio de 2026
Cuántas veces nos pasa que nos sentimos «espiritualmente secos». Vamos a retiros espectaculares, nos formamos en los cursos de moda, incluso vamos más seguido a misa, rezamos el rosario y leemos el evangelio. Y aun así, sentimos lejos a Dios.
Lo queremos encontrar y por eso lo buscamos. Pero, al hacerlo, tal vez, lo dejamos de descubrir en lo de todos los días.
El error de buscar demasiado arriba
Tendemos a pensar que la fe se mide en grandes momentos: conversiones dramáticas, retiros transformadores, experiencias místicas que te dejan sin palabras. Y sí, esos momentos existen. Dios no está ausente en ellos.
Pero Jesús, cuando quería explicar cómo funciona el Reino de Dios, no usó tormentas ni terremotos. Usó una semilla de mostaza. Un poco de levadura en la masa. Una moneda perdida que alguien encuentra barriendo su casa (cf. Lc 15,8–10).
Lo pequeño no es el camino hacia Dios. Lo pequeño es donde Dios ya está.
La fe que no necesita escenario
Hay una tradición contemplativa, antigua y sabia, que llama a esto «la práctica de la presencia de Dios». No significa rezar todo el día con los ojos cerrados. Significa «aprender a ver».
Ver a Dios en el metro lleno de gente cansada. En la conversación con tu mamá que parece rutinaria pero que en realidad es irremplazable. En el sol que entra por la ventana mientras desayunas solo un martes cualquiera.
La fe no necesita escenario. Necesita atención.
¿Y eso cómo se aprende? Poco a poco. Con pequeños gestos deliberados y conscientes: dar gracias antes de comer no como fórmula, sino como acto real de reconocimiento. Hacer una pausa de treinta segundos antes de dormir y preguntarte: «¿Dónde vi hoy algo que no merecía pero que recibí?»
El milagro discreto
San Juan de la Cruz escribía que Dios habla en el silencio, y que el alma lo escucha en la quietud interior. No siempre hace falta retirarse a un monasterio para experimentar eso. Hace falta aprender a bajar el volumen interno.
Porque el problema no es que Dios esté ausente. El problema es el ruido.
Vivimos hiperconectados, sobresaturados de información, corriendo de una cosa a la otra. Y en ese frenesí, lo sencillo se vuelve invisible. La gratitud desaparece. La presencia se evapora.
Pero basta un momento – uno solo – de genuina atención en la oración para que todo pueda cambiar.


