Son las nueve de la noche del domingo. Todavía queda un capítulo de sla serie después de las sobremesa. Y, sin embargo, algo dentro de ti ya se apagó.
No es el cansancio, sino más bien, una melancolía suave que se instala en el pecho y te susurra que lo bueno se está acabando. Mañana es lunes. ¡Otra vez!
Y llega el pensamiento de siempre: si tan sólo pudiera quedarme aquí. Si tan sólo las vacaciones no terminaran. Si tan sólo la vida entera fuera domingo…
Creo que es un deseo que se repite, pero que contiene una trampa.
Lo que me enseñó un jubilado
Hace tiempo acompañé a un señor que acababa de jubilarse. Llevaba cuarenta y un años levantándose a las cinco y media de la mañana.
– Padre, ¿sabe qué es lo peor? – me dijo, viendo su taza –. Que soñé con este momento toda mi vida.
– ¿Y ahora?
– Ahora todos los días se me hacen iguales. Ya ni sé cuándo es martes.
Tenía por fin lo que tanto había anhelado. El domingo eterno. Sin despertador, sin jefe, sin lunes. Pero estaba triste.
Sístole y diástole
Tu corazón late porque hace dos cosas: se aprieta y se suelta. Si sólo se apretara, te daría un infarto. Si sólo se soltara, también morirías. La vida no está en ninguna de las dos, está en el ritmo entre ambas.
Con el descanso pasa igual. El domingo no es domingo por sí mismo: es domingo porque antes hubo lunes. Las vacaciones no saben a gloria por la playa, saben a gloria porque vienes de once meses de trabajo.
Por eso todo termina cansando. Todo. La playa más hermosa. La conversación más entrañable. Si las estiras sin límite, se acaba la satisfacción
Ojo, no digo que el descanso sea malo. Dios mismo descansó el séptimo día. Digo que el descanso sin ciclo no descansa a nadie.
Hay una escena preciosa en el desierto. Dios daba el maná cada mañana, la porción justa del día, y al que intentaba guardarlo para el día siguiente se le llenaba de gusanos y se le pudría (Ex 16,20). Suena duro, ¿verdad? Pues es de las pedagogías más sabias que hay: Dios les estaba enseñando a recibir la vida en su ritmo, sin acumular, sin adelantarse.
Eso, el domingo eterno no te lo puede dar.
Jesús también tenía rutinas
Lo imaginamos improvisando su vida a golpe de inspiración, y no fue así. San Lucas cuenta que entró en la sinagoga el sábado «según su costumbre» (Lc 4,16). Cada semana, el mismo día, el mismo lugar. También se retiraba a orar de madrugada.
Sus rutinas no lo esclavizaban. Lo sostenían.
Los rituales son el esqueleto que mantiene de pie tu libertad. ¡Sin huesos no hay cuerpo que camine!
Dos preguntas para esta semana
Escríbelas en el papel, no de memoria.
¿Qué rutina te está robando energía? Porque no todas construyen. Revisa si tomas el celular antes de dar los buenos días. Si el último acto de tu jornada es media hora de pantalla en la cama. Si trabajas sin hora de cierre. Si cada domingo por la noche dedicas un rato a quejarte del lunes que viene... Elige una que te decidas a cortar esta semana.
¿Qué ritual puedes empezar? Los primeros cinco minutos del día para Dios, antes de tocar el teléfono. Sesenta segundos de silencio en la puerta de tu casa para dejar el trabajo afuera. Bendecir la comida en voz alta y comer sin pantallas al menos una vez al día. Agradecerle a Dios, antes de dormir, tres cosas concretas del día. Que el domingo vuelva a ser domingo de verdad, con misa y con el teléfono lejos unas horas. La confesión con fecha en el calendario, no cuando «se pueda».
No los tomes todos. Toma uno. El que se te vino a la cabeza mientras leías es probablemente el tuyo.
No le tengas miedo al lunes
El lunes existe para que el domingo signifique algo. La Cuaresma existe para que la Pascua estalle. El invierno existe para que la primavera nos asombre otra vez.
Aprendamos a mirar la semana que empieza no como una condena, sino como el suelo firme donde se apoya todo lo que amas.
Y mañana, cuando suene el despertador, prueba algo distinto: en vez de pedirle a Dios que llegue pronto el fin de semana, agradécele que te haya regalado un lunes más.


