Este verano tuve la bendición de acompañar durante algunas actividades a un grupo de jóvenes misioneras. Venían de distintos países –algunas de Europa, otras de América– y habían entregado un mes entero de sus vacaciones al servicio de los demás. Actividades de apostolado, de evangelización, de trabajo con niños, de visitas a familias. Un mes sin playa, sin comodidades, lejos de sus casas.
Lo primero que me llamó la atención no fue su generosidad, aunque era evidente. Fue su alegría.
No era una alegría forzada, de esas que se ponen como máscara para aparentar que todo está bien. Era una alegría de adentro. Real. Contagiosa. Esas jóvenes reían con facilidad, cantaban mientras trabajaban, se entregaban sin calcular cuánto les costaba. Y en sus ojos había algo que es muy difícil de fingir: esperanza.
¿Cuál es el secreto?
No eran supermujeres. Eran chicas normales, con sus dudas y sus historias, con sus cansancios al final del día. Pero había algo que las distinguía: estaban enamoradas de Jesús. No como una idea abstracta, sino como una persona real, presente, viva. Alguien con quien hablan, alguien que les habla, alguien que les da sentido.
Así lo sentía san Pablo después de encontrarse con Cristo resucitado, no pudo quedarse callado: «¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Co 9,16). No lo sentía como obligación, más bien, de su corazón brotaba ese deseo como una necesidad. Cuando uno descubre algo bueno de verdad, quiere compartirlo. Cuando uno está verdaderamente enamorado, no puede evitar que se note.
¿Cuánto bien pueden hacer los jóvenes?
Mucho. Muchísimo. Más de lo que ellos mismos creen.
El mundo necesita testigos, no solo maestros. Necesita personas que demuestren con su vida que se puede ser joven y feliz, joven y generoso, joven y enamorado de algo más grande que uno mismo.
Estas misioneras, con su mes de entrega, plantaron semillas que van a dar fruto durante años en las familias que visitaron, en los niños que acompañaron, en todos los que las vimos de cerca.
Todos somos misioneros
«La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).
La mies no ha disminuido. Siguen habiendo millones de personas que buscan sentido, que buscan amor, que buscan algo que valga la pena. Los obreros son los que escasean.
No hace falta irse al otro lado del mundo para ser misionero. No hace falta dejar tu trabajo ni cambiar de vida. La misión empieza donde estás: en tu familia, en tu oficina, en tu grupo de amigos, en el pasillo de tu edificio.
Ser misionero no es decirle a la gente lo que tiene que creer. Es mostrarles –con tu alegría, con tu forma de tratar a los demás, con tu capacidad de servir sin pedir nada a cambio– que hay algo más. Que hay Alguien más.
Jesús está vivo. No es un personaje histórico, no es una figura del pasado. Está presente hoy, en este momento exacto en que lees estas palabras. Puede transformar tu familia, puede sanar tu corazón, puede llenarte de ese entusiasmo que a veces crees que ya se te acabó para siempre.
Y necesita obreros. Te necesita a ti.
Por eso, al cerrar este agosto, me quedo con las jóvenes misioneras. Con su alegría. Con su certeza. Con su ejemplo. Y me pregunto –y te pregunto– ¿cómo está tu corazón hoy? ¿Hay en él lugar para esa alegría, para esa esperanza, para esa misión que Dios tiene pensada solo para ti?
Renueva tu corazón. Llénalo de esperanza. Y lánzate a ser misionero –a tu manera, en tu vida– porque el mundo te necesita.


