El romance perdido
(y cómo recuperarlo)
Hace tiempo, “romance” significaba algo muy distinto a flores y chocolates.
En la Edad Media, era aventura épica. Batalla real. Un caballero enfrentando dragones por amor a su dama. Y ese amor no llegaba fácil: se conquistaba con sacrificio, se demostraba con valentía, se sostenía con lealtad inquebrantable.
El héroe romántico podía fallar, pero jamás abandonar.
Hoy hemos reducido el romance a decoración de calendario. “¿Qué harás el 14 de febrero?” El amor se mide en gestos predecibles, en estándares de redes sociales, en emociones frágiles que dependen del momento.
Pero el verdadero romance nunca ha sido solo mariposas en el estómago. Es fuego en el alma.
¿Por qué tantas relaciones colapsan? Tal vez porque esperamos un romance de película, no de vida real. Queremos la emoción sin la decisión. El beso bajo la lluvia sin el esfuerzo del día siguiente.
Necesitamos rescatar el romance auténtico. Sacarlo del almíbar sentimental y devolverlo a la batalla de la vida del día a día.
Ese romance verdadero es decidir amar cuando todo cuesta. Es quedarte cuando huir parece más fácil. Es construir una vida juntos mientras el mundo grita que el amor no dura.
Tu vida es una historia épica, no un capítulo de revista. Hay dragones reales: tus miedos, tus heridas, tu cansancio acumulado. Hay castillos por defender: tu familia, tus promesas, tus principios más profundos. Y amar es una decisión diaria, no un impulso que viene y va.
El apóstol Pablo lo entendió perfectamente: «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal» (1 Cor 13,4-5).
Así es: ¡El amor más verdadero es siempre el más valiente!
No necesitamos volver a estereotipos rígidos ni ideales inalcanzables. Necesitamos volver al centro, a lo esencial: que el gran romance no es el que viviste en luna de miel, sino el que construiste en los días difíciles. El que resistió la rutina. El que eligió el perdón cuando dolía perdonar. El que supo esperar. El que luchó por no apagarse.
Ese amor, el que se forja en la batalla cotidiana, es el que transforma. Ese amor merece ser contado.
¿Estás dispuesto(a) a vivir tu propia aventura épica, con todo lo que implica?


