El rey que nadie esperaba pero que todos necesitamos
Domingo de Ramos
Ahora en México nos preparamos para el mundial. ¡Las ciudades van a cambiar! ¡Tráfico, presencia, aglomeraciones!
Bueno, pues piensa en Jerusalén ese domingo. La gente grita, agita ramas de palma, extiende sus mantos en el camino. Hay euforia en el aire. Aglomeraciones, presencia borbotante por todas partes.
¿Por qué tanta emoción? Porque esperaban un rey guerrero que los liberara del Imperio Romano. Querían poder, victoria, reconocimiento. Querían que Jesús les diera lo que el mundo promete pero nunca puede cumplir del todo.
Y entonces llega Jesús, no con una corona, no con cetro de mando, sino con humildad, sentado en un burro.
Jesús entra humilde, manso, montado en el animal del servicio.
La multitud lo aclama, pero no lo entiende. Y en menos de una semana, los mismos que gritaron «¡Hosanna!» estarán gritando «¡Crucifícalo!».
¿Qué pasó?
Pasó lo que siempre pasa cuando Jesús no cumple nuestras expectativas mundanas: el corazón se decepciona. Y la decepción, si no se trabaja, puede volverse traición.
Las dos exigencias
Vivimos en un mundo que te exige mucho: que seas exitoso, que te veas bien, que produzcas, que nunca falles. El mundo aplaude al ganador y voltea la cara ante el que cae.
Mas Jesús te propone exactamente lo contrario. Te propone que la grandeza está en el servicio, que el amor verdadero se mide en donación y no en conquista, que la vida se encuentra cuando tienes el valor de perderla.
«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25).
Eso choca. No es lo que el mundo te enseñó desde pequeño. Y quizás por eso muchos, como aquella multitud de Jerusalén, lo aclaman el domingo y lo abandonan el viernes. ¿Cuántas veces tú y yo hacemos exactamente lo mismo?
La oportunidad de esta semana
Puedes vivir esta Semana Santa en automático: los ritos de siempre, los compromisos familiares, los días de descanso. No hay nada malo en eso.
Pero hay otra posibilidad.
Puedes detenerte un momento y preguntarte honestamente: ¿a qué rey estoy siguiendo yo? ¿Al que el mundo adora, o al que entra humilde en un burro dispuesto a dar todo?
La respuesta no llega en un instante. Pero la pregunta sí puede empezar hoy.
Jesús no te pide que lo entiendas todo antes de seguirlo. Solo te invita a caminar con Él estos días, de cerca, sin distracciones.
¡Hagámoslo!


