El gran amor de la tierra
Y lo tienes a la mano
J.R.R. Tolkien, escritor de El Señor de los Anillos, tuvo una vida llena de pruebas. Perdió a sus padres siendo niño. Sobrevivió trincheras. Enterró amigos.
Y en medio de toda esa oscuridad, le escribió a su hijo una confesión que pocos conocen:
“Desde la oscuridad de mi vida, tan frustrada, te pongo delante la única gran cosa que amar en la tierra: el Santísimo Sacramento… Allí encontrarás romance, gloria, honor, fidelidad y el verdadero camino de todos tus amores sobre la tierra.”
¿El autor de El Señor de los Anillos hablando del Santísimo Sacramento como si fuera una aventura épica? Sí. Porque lo había descubierto en carne propia: en la Eucaristía encontró consuelo, fuerza y sentido. No un rito vacío, sino la presencia viva del Amor que lo sostenía todo.
Cuando todos los amores fallan
El mundo nos ofrece muchos amores: relaciones que prometen eternidad, experiencias que ofrecen llenarnos, logros que afirman paz. Y, aunque no son malos, ninguno llena el alma como el Amor con mayúscula, el que se entrega sin medida, el que se queda contigo en lo bueno y en lo malo.
Ese Amor tiene un nombre: Jesús.
Y no se ha quedado en los libros ni en el pasado. ¡Está presente, real y vivo en la Eucaristía! Ahí se nos da como pan, se parte para nosotros, se hace alimento para el camino.
¿Cuántas veces has buscado llenar ese vacío con cosas que al final te dejan más vacío? ¿Cuántas veces has corrido tras amores que no sostienen el peso de tu corazón?
El lugar donde siempre puedes volver
Cuando la vida pesa, cuando todo parece confuso, cuando nos sentimos solos o perdidos, hay un lugar donde podemos volver: al Sagrario. Ahí nos espera Él, con una paciencia infinita.
Como dice el Evangelio: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt 11,28).
No necesitas palabras rebuscadas. Basta con decirle: “Estoy aquí, Señor”. Y escuchar. Porque hay silencios que curan más que mil consejos.
Tolkien lo sabía. Por eso, en medio de su frustración, no corrió hacia distracciones ni escapismos baratos. Corrió hacia el Santísimo Sacramento. Y ahí encontró romance, gloria, honor y fidelidad. Todo lo que sus historias épicas intentaban capturar, estaba ahí, escondido en la humildad de un pan.
Tu próximo paso
Haz de la misa una prioridad, no una opción. No solo por obligación, sino como respuesta de amor. Aunque tengas mil pendientes, dale a Dios esa hora. Es más que una ceremonia: es un encuentro donde el cielo toca la tierra.
Visita el Sagrario, aunque sea unos minutos.
Y recuerda: la misa no termina cuando sales del templo. Lo que has recibido, llévalo al mundo: en tu trato, en tu entrega, en tu fidelidad. La Eucaristía te convierte en lo que recibes.


