El don escondido en el dolor
Y la apertura a algo que nos supera
Nadie te prepara para el momento en que el suelo se esfuma bajo tus pies.
Una llamada inesperada, un diagnóstico, una pérdida. Y de un momento a otro, todo lo que creías sólido se vuelve frágil.
¿Qué haces con eso? Te encuentras sin tus seguridades habituales, sin tus coordenadas de a diario.
Lo misterioso es que el sufrimiento tiene una lógica propia, como una dirección que nos lanza a algo más allá de nuestra vida cotidiana.
Cuando alguien pierde a un ser querido, por ejemplo, no sale a buscar distracción. Sale a buscar a otros que hayan experimentado una pérdida. El dolor profundo no pide placer barato. Pide algo más real.
El sufrimiento revela el fondo del corazón humano. Y ese fondo tiene hambre de algo que ninguna fiesta puede llenar.
San Pablo lo sabía bien. Él, que había sufrido naufragios, cárceles y persecuciones, escribió algo que a primera vista parece una locura: «Me alegro en mis sufrimientos» (Col 1,24). No porque disfrutara el dolor, sino porque había descubierto lo que el dolor hace en quien lo acepta con fe: lo transforma en don para otros.
Hay una paradoja en esto que vale la pena contemplar.
El sufrimiento existencial nos abre y nos descubre un vacío que tal vez no conocíamos. Esto nos puede dar vértigo porque percibimos que es tan grande que seguramente no podremos llenarlo.
Y, quizás, pensamos que se puede calmar con trabajo, con pantallas, con ruido… pero el hueco sigue ahí. Intacto. Esperándote.
Porque ese vacío tiene la forma de Dios: nada, ni nadie, que no sea Él, lo podrá llenar.
Y lo más sorprendente es lo que muchas personas descubren casi sin buscarlo: que en medio de su propio dolor, nace en ellas un impulso hacia los demás. No como escapatoria, sino como respuesta. Como si la herida, al abrirse, también abriera los ojos de alma, de una empatía más humana, más real.
Por eso el que ha sufrido, si se ha dejado acompañar, aprenderá a su vez a hacerlo. No con teorías, sino con presencia. Con esa mirada que dice «yo también estuve ahí» sin necesidad de decirlo.
Jesús no evitó el sufrimiento. Lo habitó desde adentro. Y desde ahí, desde la cruz, no huyó ni se amargó. Perdonó. Consoló. «Padre, perdónalos» (Lc 23,34). En el momento más oscuro nos ofrece el gesto más luminoso.
Tal vez el dolor no sea el final de la historia, sino el lugar donde comienza lo más importante…


