¿Doce meses para esto?
Párate para los siguientes doce
¿Sabes esa sensación de llegar al 31 de diciembre y preguntarte: “¿Qué pasó con este año?”
Como si enero hubiera sido hace una semana. Como si los meses se hubieran deslizado entre los dedos mientras corrías de un pendiente a otro, de una crisis a la siguiente. Y ahora, en este último suspiro del calendario, te detienes por fin y te preguntas: ¿quién fui este año?
No te estoy preguntando qué lograste o qué dejaste de hacer. Te pregunto algo más profundo: ¿el hombre o la mujer que ves en el espejo hoy se parece más a Cristo que hace doce meses?
La respuesta puede dolerte. A mí me duele. ¡Y mucho!
Porque cuando miro mi año con honestidad, veo momentos de luz pero también de sombra. Veo días en que amé con generosidad y otros en que me encerré en mi propio mundo. Veo conversaciones donde fui presencia y otras donde solo fui ruido. Veo oportunidades de gracia que aproveché y otras que dejé pasar por miedo, por orgullo, por simple distracción.
¿Y tú? ¿Qué ves cuando miras tu año?
La respuesta no es para que te hundas en la culpa. La culpa paraliza, y Cristo no vino a paralizarnos sino a levantarnos. Pero tampoco te pido que te engañes con un balance superficial que ignore lo que realmente pasó en tu corazón.
San Ignacio de Loyola nos enseñó algo precioso: el examen de conciencia no es una autopsia sino un diagnóstico. No miras tu vida para condenarla, sino para sanarla. Para ver con claridad dónde necesitas más luz, más gracia, más de Él.
Hagamos entonces este examen juntos. Sin miedo. Con esperanza.
A nivel espiritual: ¿Tu relación con Dios creció este año o se estancó? ¿Aprendiste a rezar con más confianza o sigues hablándole a Dios como quien cumple un trámite? ¿Hubo momentos en que lo sentiste cerca, real, presente, o fue un año de sequedad donde solo perseveraste por disciplina?
La oración no es un termómetro de nuestra santidad, pero sí un termómetro de nuestro deseo. Si este año descuidaste la oración, no te castigues. Pregúntate más bien: ¿por qué? ¿Qué te distrajo? ¿Qué miedo te alejó?
A nivel personal: ¿Creciste en libertad interior o te hiciste más esclavo de tus miedos, tus rencores, tu necesidad de control? ¿Aprendiste a perdonar o seguiste cargando piedras en la mochila? ¿Te trataste con la misma compasión con que Cristo te trata o fuiste tu peor juez?
Porque aquí está el problema: la mayor parte de nosotros somos más duros con nosotros mismos que Dios. Nos exigimos perfección mientras Él solo nos pide que nos levantemos una vez más. «El justo cae siete veces y se levanta» (Pr 24,16). No dice que el justo no cae. Dice que se levanta.
A nivel familiar: ¿Fuiste presencia o solo estuviste presente? ¿Supieron tu esposa, tus hijos, tus padres, que eran prioridad o solo recibieron las sobras de tu tiempo y tu atención? ¿Pediste perdón cuando fallaste o dejaste que el orgullo construyera muros?
La familia es donde se juega nuestra santidad real, no la imaginaria. Es fácil ser “santo” en la iglesia. Lo difícil es ser santo en la mesa, cuando tu hijo adolescente te contesta mal, cuando tu esposo te decepciona, cuando tu suegra te saca de quicio.
Ahora viene lo importante: los propósitos.
No quiero que hagas una lista ambiciosa que abandones en febrero. Quiero que elijas tres cosas concretas, una por cada nivel, que realmente puedas vivir. No se trata de cambiar todo. Se trata de cambiar lo esencial.
Propósito espiritual: Este año, dale a Dios tu primer tiempo, no las sobras. Aunque sean solo diez minutos en la mañana, que sean tuyos y de Él. Antes del celular, antes del trabajo, antes de cualquier otra cosa. «Busquen primero el Reino de Dios» (Mt 6,33). No es un simple medio. Es la llave.
Propósito personal: Aprende a tratarte como Cristo te trata. Con paciencia. Con misericordia. Sin dejar de exigirte, pero sin machacarte. Cada vez que te equivoques este año, mírate en el espejo y di: “Está bien. Me levanto. Sigo”.
Propósito familiar: Regala presencia de calidad. Una cena a la semana sin celular. Una conversación real con tu esposo o esposa donde no solo hablen de logística. Un momento de oración en familia, aunque sea breve, aunque al principio se sienta forzado.
Mirar para adelante
Mira, este año que termina ya no vuelve. Se fue. Con sus errores y sus aciertos, con sus heridas y sus victorias. Pero el año que viene es tuyo. Es un lienzo en blanco donde puedes pintar algo hermoso si dejas que Cristo tome el pincel.
No se trata de ser perfecto. Se trata de ser real. De reconocer dónde caíste para no volver a tropezar con la misma piedra. De agradecer dónde creciste para seguir creciendo. De pedir perdón donde heriste para sanar relaciones. De ofrecer perdón donde te hirieron para liberarte.
¿Estás listo para empezar de nuevo?
Porque Dios lo está. Él nunca se cansa de empezar contigo una vez más. «Sus misericordias se renuevan cada mañana» (Lm 3,23). Y esta noche, en la frontera entre un año y otro, Él te está mirando con los ojos llenos de esperanza. No de exigencia. De esperanza.
Camina este año de su mano. No solo. No confiando solo en tus fuerzas. Porque la verdad más hermosa es esta: no tienes que ser más fuerte. Solo tienes que ser más de Él.
¡Feliz año nuevo!


