¿Has escuchado alguna vez, en un funeral, que alguien elogie al difunto por su sueldo? Yo no. Ni una sola vez.
Se dice otra cosa. Que sabía escuchar. Que nunca dejó solo a nadie. Que aguantó lo que le tocó sin amargarse. Que hacía reír a todos en la mesa.
David Brooks lo puso con una claridad que duele en su libro de 2015, El camino del carácter: nos pasamos la vida puliendo las virtudes del currículum y casi nada las virtudes del elogio fúnebre. Las primeras te consiguen el puesto. Las segundas son las únicas que alguien va a mencionar cuando ya no estés.
Y ahora dime tú: ¿a quién admiras?
Lo que tu admiración grita de ti
Cuando te pregunto a quién admiras, no me refiero al que sigues porque juega increíble ni al que te impresiona porque levantó una empresa de la nada. Eso es aplauso, y el aplauso se apaga.
Me refiero a esa persona en la que, si te dieran a escoger, te gustaría convertirte. Por lo que es, no por lo que tiene.
Piénsalo un segundo. ¿Quién es? Ya lo tienes, ¿verdad?
Pues bien, ese nombre te está delatando. Porque nadie admira al azar. Uno admira lo que le falta. Lo que en el fondo quisiera ser y todavía no es.
Y no te hagas el distraído(a): esa punzada rara que sientes cuando a otro le sale bien lo que a ti no, también está hablando de ti. La envidia es admiración que se avergonzó de sí misma.
Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón (Mt 6,21). Dime a quién admiras y ya sé dónde tienes puesto el tesoro.
Los que sí están
Aquí viene lo que me preocupa.
Casi siempre admiramos a los lejanos, a los que salen en pantalla o vemos de lejos. Y a los cercanos… a ésos los damos por sentado.
Tu mamá, que lleva cuarenta años levantándose antes que todos. Ese amigo que no te soltó ni cuando tú te soltaste. El compañero de trabajo que jamás ha hablado mal de nadie – y mira que ha tenido razones –.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a alguno de ellos que lo admiras?
Y luego, cuando se van, ¡ahí sí! ¡Ahí sí nos cae el veinte! ¡Ahí sí descubrimos todo lo que esa persona era y nunca le dijimos! Y ya no hay a quién decírselo.
Aclaro que no te estoy pidiendo que dejes de emocionarte con un buen partido. Yo también me emociono. Pero eso no te va a cambiar el corazón. En cambio, la sonrisa de tu abuela sí.
Tu lista
Esta semana hazte una lista corta. Tres o cuatro nombres. Al lado de cada uno escribe sólo una palabra: la virtud suya que quieres para ti. Paciencia. Alegría. Fidelidad. La que sea, pero una.
Y después – esto es lo difícil –, díselo. ¡De viva voz, en persona!
Porque a la gente que de verdad vale la pena admirar, Dios te la puso cerca por algo.


