¿De qué vive un sacerdote?
Una pregunta incómoda
Me lo han preguntado muchas veces, casi siempre en voz baja, como si fuera indiscreto: «Padre, ¿y usted de qué vive?»
Y la respuesta siempre es la misma: la Providencia. Es una palabra hermosa que contiene la oración y la generosidad de personas concretas, con nombre y apellido, que en algún momento decidieron que esta misión valía la pena.
Cuando me ordené sacerdote no elegí un sueldo: elegí una entrega. Y cuando hace años empecé a escribir y a grabar, tampoco lo hice por dinero: lo hice porque veía a tantas personas buenas –como tú– cargando con la vida sin saber que Dios camina a su lado.
La semana pasada abrí El Taller de los Artesanos, y lo que más me ha conmovido no son las aportaciones. Son los mensajes. Una señora escribió: «Padre, yo no puedo dar, pero rezo por usted todos los días». Otra: «Es poquito, pero va con todo mi amor». Me acordé de aquella viuda del Evangelio: Jesús no midió la cantidad, midió el corazón (cf. Mc 12,41-44).
Por eso, antes de pedirte nada más, te pido lo primero: reza por mí y por esta misión. No lo digo por decir. La oración es el pan de esta obra.
Y luego, si puedes, hazte una sola pregunta en silencio, delante de Dios: ¿esta palabra diaria le ha hecho bien a mi vida? Deja que tu corazón responda. Si la respuesta es sí y tienes cómo, súmate al Taller. Si la respuesta es sí y no tienes cómo, tu oración me basta y me sobra.
Mil gracias y muchas bendiciones,
Padre Adolfo


