Septiembre. En el refrigerador ya está pegado el calendario del colegio, el grupo de papás lleva cuarenta y siete mensajes sin leer y alguien acaba de proponer una junta el jueves a las siete de la noche.
Y tú dijiste que sí. ¡Una vez más!
Dijiste que sí al fútbol y también a la clase de música. Sí al inglés de los martes. Sí a organizar la kermés, sí a la comida familiar del sábado que ahora se empalma con el torneo...
Todo bueno, pero eso es justo el problema.
Una casa sin pasillos
Piensa en una casa preciosa, recién estrenada. Y ahora imagínate que vas metiendo muebles: un sillón heredado de tu abuela, una mesa de madera maciza, un piano. Nada feo, nada inútil.
Hasta que un día abres la puerta y ya no puedes caminar por tu propia casa.
Así queda una vida que le dice que sí a todo. Llena de cosas buenas y sin espacio para vivirlas y disfrutarlas.
Por eso terminas agotado(a) de aquello que debería darte gozo. El partido de tu hijo se convierte en un trámite que hay que cumplir. La cena con los amigos, en un pendiente más de la lista. Hasta la misa del domingo se te vuelve algo que «alcanzaste a hacer».
Creo que eso ya no es vivir y se convierte en administrar.
Marta, Marta
Hay una escena del Evangelio que me hace reflexionar mucho desde que estaba en el seminario. Marta recibe a Jesús en su casa y se pone a servir, y su hermana María se queda sentada a los pies del Señor, escuchando.
Fíjate que Marta no estaba haciendo nada malo. ¡Estaba sirviendo a Jesús en persona! Y aun así se le escapó lo importante por atender lo urgente.
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte» (Lc 10,41-42).
Detente en esa palabra. ¡La mejor! Jesús no le está comparando algo bueno con algo malo, sino algo bueno con algo mejor. Dijo que sí a los quehaceres y por eso dijo que no a estar a los pies de Jesús.
Tu no también es una respuesta de amor. Le dices que no a la junta del jueves porque le estás diciendo que sí a cenar con tus hijos. Le dices que no a un compromiso más porque le estás diciendo que sí a llegar en paz a tu casa.
Eso, la agenda, nunca te lo va a pedir. Tienes que decidirlo tú.
Los tiempos que llamamos muertos
Y luego están esos ratos que tachamos por inservibles. El silencio antes de dormir. La caminata sin audífonos. Los quince minutos en una capilla vacía. El domingo por la tarde sin plan.
Los llamamos tiempos muertos.
¡Qué injusticia! Son los más vivos que tienes. Son el suelo donde por fin se asienta todo lo demás, donde te das cuenta de lo que estás haciendo con tu vida y de a quién le estás faltando.
Y no lo digo yo. Cuando a Jesús le crecía el trabajo, cuando la gente no lo dejaba ni comer, su reacción fue justo la contraria a la nuestra: «Vengan ustedes aparte, a un lugar solitario, y descansen un poco» (Mc 6,31).
Nosotros, en su lugar, habríamos abierto la agenda para meter dos citas más.
Una pregunta para esta semana
Antes de responder al próximo mensaje que te pida algo, hazte una sola pregunta: si digo que sí a esto, ¿a qué le estoy diciendo que no sin darme cuenta?
Te confieso que a mí me cuesta muchísimo. Decir que no suena a egoísmo, y a veces duele. Pero he aprendido que un sí dicho a todo no es generosidad, es incapacidad de elegir.
No dejemos que sea el calendario quien decida quién somos. Empieza en pequeño. Abre tu semana, busca un compromiso que aceptaste por inercia y tacha uno. Sólo uno.
Y ese hueco que te quede, no lo llenes. ¡Mejor disfrútalo!


