Cuando la ira toma el volante
Y nos hace tomar decisiones equivocadas
Era martes, casi las siete de la tarde. Julián salía del trabajo después de un día pesado. Lo único que quería era llegar a su casa, quitarse los zapatos y respirar en paz. Pero bastaron unos minutos en el tráfico para que todo cambiara.
Un coche se le metió de golpe, sin direccional, sin espacio. Julián frenó en seco. Por poco se estrellaba. Tocó el claxon con fuerza, enojado. El otro conductor, en lugar de disculparse, le respondió con un gesto grosero. Y ahí fue cuando se desató todo.
Julián sintió cómo algo dentro de él se activaba. Era como una chispa eléctrica en el pecho. Se emparejó al otro auto, bajó la ventanilla, gritó algo que ni siquiera recordó después. Le temblaban las manos. El corazón se le salía. Iba tan rápido que ni notaba lo que pasaba a su alrededor.
Cuando por fin se detuvo en una gasolinera, se quedó ahí, respirando agitado frente al volante. Se miró al espejo retrovisor. Su cara estaba roja, los ojos brillantes.
En ese instante se dio cuenta: no era él quien había manejado el coche esos últimos minutos… era su enojo.
¿Te ha pasado?
Ese momento en que pierdes el control y algo más toma el volante de tu vida. Puede ser en el tráfico, en una discusión familiar, en un mensaje de WhatsApp que contestas sin pensar. Y después, cuando vuelves en ti, te preguntas: ¿quién era yo hace un momento?
La ira es una emoción natural. No es buena ni mala: simplemente es. Nos avisa que algo nos dolió, que sentimos una injusticia o que cruzaron un límite. El problema comienza cuando dejamos que esa emoción tome el control.
San Pedro dice algo muy claro: «Cada quien es esclavo de aquello que lo ha vencido» (2 Pe 2,19). Si dejas que la ira te venza, te conviertes en su prisionero. Y entonces ya no eres tú quien actúa, sino el coraje, la frustración, el impulso.
¿Y sabes qué? La Biblia no te pide que niegues lo que sientes. Al contrario. Te invita a encauzarlo con sabiduría. San Pablo escribe: «Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure hasta la puesta del sol» (Ef 4,26). Es decir, el enojo puede surgir, pero no debe quedarse a vivir en ti.
Porque lo que distingue a una persona libre de una persona prisionera no es la ausencia de emociones fuertes. Es la capacidad de elegir qué hacer con ellas.
Proverbios lo dice con una imagen preciosa: «Más vale ser paciente que valiente; más vale dominarse a sí mismo que conquistar una ciudad» (Prov 16,32). Piénsalo. Dominar tu enojo no te hace débil. Te hace libre.
Entonces, ¿qué puedes hacer cuando sientes esa chispa eléctrica en el pecho?
Primero, reconócela sin culpa. Sentir ira no te convierte en mala persona. Te convierte en humano. Mírate al espejo interior y dite con honestidad: “Estoy enojado por esto”. Ese reconocimiento ya es un acto de libertad.
Segundo, haz una pausa deliberada. A veces, lo más valiente que puedes hacer es no responder de inmediato. Cuenta hasta diez. Respira profundo. Esa pequeña pausa puede evitar grandes arrepentimientos.
Y tercero, llévalo a Dios tal cual. No escondas tu enojo de Él. Dile: “Estoy furioso y no sé qué hacer con esto. Ayúdame”. Dios no necesita que llegues perfecto. Él es Padre, y le gusta cuando sus hijos le hablan con el corazón abierto.
La ira puede enseñarte mucho sobre ti mismo: qué heridas siguen abiertas, qué límites no has aprendido a poner, qué anhelos profundos están siendo pisoteados. Escucha lo que tu enojo quiere decirte. Pero no dejes que tome el volante.
¿Y tú? ¿Quién lleva el control hoy: tú o tu enojo?
La próxima vez que sientas esa chispa, recuerda la cara de Julián en el espejo retrovisor. Recuerda que tienes el poder de elegir. No eres esclavo de lo que sientes.
Eres libre.
¿Te atreves a comprobarlo?


