Correr hacia lo que importa
Domingo de Pascua de Resurrección
Recuerdo una madrugada hace ya varios años. Sonó el teléfono a las dos de la mañana. Era un amigo: «Padre , tienes que venir. Ha pasado algo que no te puedo explicar por teléfono». Me vestí en dos minutos. No pensé. Solo corrí.
¿Te ha pasado algo parecido? Esa sacudida interior que te dice: esto no puede esperar. Algo tan fuerte que tu cuerpo reacciona antes que tu cabeza.
El Evangelio de este Domingo de Pascua nos presenta exactamente esa escena. María Magdalena llega al sepulcro de Jesús «cuando aún estaba oscuro» (Jn 20,1). Encuentra la piedra removida y sale disparada a buscar a Pedro y al discípulo amado. Les dice lo que vio. Y entonces, el texto añade un detalle que a mí me parece precioso: «Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos» (Jn 20,3-4).
No discutieron ni se detuvieron a analizar la situación. ¡Corrieron!
No corrían por miedo
No estaban huyendo de nada. Corrían hacia Alguien. Corrían porque la noticia era tan inaudita, tan inmensa, que quedarse sentados era simplemente imposible. Necesitaban ver con sus propios ojos.
¿Y qué encontraron? Un sepulcro vacío. Las vendas en el suelo. El sudario que había cubierto la cabeza de Jesús, enrollado aparte. Y el Evangelio suelta una frase que me conmueve cada vez que la leo: «Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó» (Jn 20,8).
No necesitó una explicación teológica perfecta. No pidió pruebas científicas. Vio el sepulcro vacío – y creyó. Algo dentro de él reconoció lo que sus ojos le mostraban: la muerte había sido vencida.
¿Hacia dónde corres tú?
Vivimos corriendo. Al trabajo, a la escuela, al gimnasio, a la siguiente notificación del celular. Corremos tanto que a veces ya ni sabemos hacia dónde vamos. Nos movemos por inercia, por obligación, por costumbre.
Pero te pregunto: ¿cuándo fue la última vez que corriste hacia algo que de verdad importa? ¿Hacia una persona que te necesitaba? ¿Hacia una verdad que tu corazón anhelaba? ¿Hacia Dios?
La Resurrección de Cristo no es una metáfora bonita de primavera. Es un hecho que partió la historia en dos: la muerte ya no tiene la última palabra. Y esa noticia, si la dejamos entrar de verdad, tiene la fuerza de sacarnos del sofá, de la rutina, de ese letargo espiritual en el que a veces nos instalamos.
La fe empieza corriendo
Me llama la atención que la primera reacción ante la Resurrección no fue un tratado teológico. Fue una carrera. Gente que corre porque ha escuchado algo increíble y quiere comprobarlo.
Quizá la fe no comienza con tener todas las respuestas. Quizá comienza con atreverse a correr hacia la pregunta. Con ir al sepulcro vacío y dejarse sorprender.
Esa noticia sigue ahí, esperándote. No en un sepulcro en Jerusalén, sino en tu propia vida: en ese perdón que creías imposible, en esa esperanza que renace cuando todo parecía terminado, en ese amor que no se rinde a pesar de todo.
Este domingo de Pascua, Cristo resucitado te invita a correr. No hacia cualquier lado – hacia lo que de verdad importa. Hacia Él.


