El 29 de octubre de 1978, un papa con dos semanas escasas en el cargo se asomó a la ventana y le confesó al mundo cuál era su oración preferida: el rosario.
Juan Pablo II lo llamó su oración predilecta y la describió como algo maravilloso por sencillo y por hondo. A mí eso me sigue impresionando: el hombre que tenía a su disposición la liturgia entera de la Iglesia escogía como predilecta una oración hecha de cuentas y avemarías repetidas.
El «problema» del rosario
Y es que el rosario tiene un problema que es, al mismo tiempo, su secreto: se parece muchísimo al amor.
Al amor le pasa igual. Puede volverse rutina de años – dos personas que se dan los buenos días sin mirarse – o puede ser lo mismo de siempre, estrenado cada mañana. Las palabras del rosario no cambian nunca. El que cambia eres tú.
Pues bien, el rosario se reza con «los ojos». Repites cincuenta avemarías como el enamorado repite el nombre de la amada, y mientras las dices tus ojos van clavados en el Jesús que vio María.
Ella lo cargó. Ella lo buscó tres días con el alma en un hilo. Ella lo vio clavado y no se movió de ahí. «María conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19). Ese corazón de Madre guarda una manera de mirar al Hijo que no tiene nadie más, ni en el cielo ni en la tierra.
El rosario es María prestándote su manera de mirar a Jesús.
Cinco secretos
El primero: pídeselo antes de empezar. «María, préstame tus ojos». Cinco palabras, y ya no rezas sólo(a).
El segundo: métete en la escena. Cada misterio es un lugar con polvo y con gente que va y viene. ¿Dónde te pones tú en ese cuadro?
El tercero: despacio. Vale más una decena saboreada que cinco rosarios corridos con la cabeza puesta en el pendiente de mañana. Y te confieso algo: yo tampoco lo consigo siempre.
El cuarto: métele nombres. Que cada misterio cargue con alguien – tu hijo, tu hermana, ese amigo que no te habla desde marzo –. Un rosario sin nombres se seca.
Y el quinto, el más difícil: vuelve mañana aunque hoy no hayas sentido nada. Porque la fidelidad en seco le enseña al corazón a quedarse. El sentimiento bonito viene después… o no viene. Rezar así, en un libro, no se aprende. Te lo enseña ella.
Octubre apenas va empezando. Y en algún cajón de tu casa hay un rosario esperando.
Esta noche, antes de dormir, reza una decena. No dejemos que el mes se nos vaya en rosarios de trámite. ¡Pídele a María que te preste sus ojos!


