Agosto. El olor a cuadernos nuevos. Las mochilas recién compradas. Los pasillos de la escuela que se llenan otra vez después del verano. Hay algo en este tiempo del año que provoca en todos –aunque lleves décadas sin pisar un salón de clases– una sensación extraña de nuevo comienzo.
Como si el calendario tuviera dos años nuevos: el de enero, más oficial, más de brindis y propósitos; y el de agosto, más real, más de tierra en los zapatos y de primera página en blanco.
La vida es una sola. Pero no es plana ni uniforme: va pasando por etapas, por estaciones, por capítulos. Como un libro con partes bien diferenciadas que tienen comienzo, desarrollo y fin.
El problema es que a veces nos negamos a pasar la página.
Seguimos en el capítulo cuatro cuando el libro ya está pidiendo que abramos el cinco. Nos aferramos a lo conocido –aunque ya no nos esté funcionando– porque lo desconocido da miedo. Y entre tanto, la vida pasa. Y el capítulo nuevo espera.
El libro del Eclesiastés lo dice con serenidad: «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado» (Qo 3,1-2). ¡Vaya sabiduría! Hay tiempos para cada cosa. Y reconocerlos es la primera forma de vivir bien.
Lo que tienes que cerrar
Hay ciclos que ya terminaron y que tú todavía mantienes artificialmente abiertos. Lo sabes. Esa relación que hace tiempo dejó de construirte y que sin embargo no terminas de soltar. Ese hábito que sabes que te daña y que cada lunes prometes cambiar. Ese rencor que cargas como si fuera tuyo cuando en realidad es un peso que alguien más te puso encima. Ese proyecto que nunca arranca porque el miedo al fracaso es más fuerte que las ganas de intentarlo.
Cerrar un ciclo duele. Nadie cierra algo sin sentir algo. Pero mantener abierto lo que ya no debería estarlo tiene un costo mayor: te drena la energía que necesitas para lo que viene.
Se necesita valentía para terminar. Para decir «hasta aquí». Para reconocer que hubo un tiempo para eso y ese tiempo ya pasó.
Lo que tienes que abrir
Comenzar, por su parte, implica lanzarte a algo que todavía no existe, que no tiene garantías, que puede salir mal. Y ahí es donde muchos de nosotros nos paralizamos por exceso de miedo.
«Ya empezaré cuando tenga más tiempo.» «Lo haré cuando las condiciones sean mejores.» «En cuanto termine esto otro...» Y el tiempo pasa. Y las condiciones nunca son perfectas. Y el nuevo capítulo sigue esperando en la primera página en blanco.
Dios le dijo a Josué –justo antes de que cruzara el Jordán hacia una tierra que nunca había pisado–: «Sé fuerte y valiente. No tengas miedo ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas» (Jos 1,9). No le dijo «espera a que las condiciones sean perfectas». Le dijo: sé valiente. Entra. Yo voy contigo.
La valentía que Dios pide no es la ausencia de miedo. Es moverse a pesar del miedo.
No lo hagas solo
Hay algo que cambia cuando dejas de cargar a solas con los ciclos que necesitas cerrar o abrir: dejas de ser el único juez de tu propia situación.
Pide ayuda. A un amigo que te diga la verdad aunque no sea lo que quieres escuchar. A un familiar que te conozca de verdad, no solo la versión que muestras en público. A un director espiritual que te ayude a discernir con la cabeza fría y el corazón limpio. Nadie está diseñado para vivir su vida en aislamiento.
San Pablo lo describe con una imagen preciosa: «Olvidando lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio al que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús» (Flp 3,13-14). Hacia adelante. Sin quedarse atrapado en lo que ya pasó. Sin paralizarse ante lo que todavía no ha llegado.
Esta vida vale cualquier riesgo
Esta vida –la tuya, la única– vale la pena ser vivida. No la vida perfecta que imaginas que podrías tener si las circunstancias fueran distintas. Esta. Con sus heridas y sus dones, con sus ciclos que cierran y los que se abren, con sus riesgos y sus sorpresas.
El riesgo no es el problema. El verdadero riesgo es no arriesgarse. Es llegar al final del camino con la vida intacta pero no vivida.
Agosto es una puerta. Está abierta.
¿Qué ciclo vas a cerrar esta semana? ¿Qué nuevo capítulo vas a empezar a escribir?
No dejes pasar más tiempo. Lánzate.


